sábado, 1 de febrero de 2014

Deja de joder la música a los negros (I)

Decía Marx que la lucha de clases es el motor de la historia. Pero si hay algo que ha movido el mundo desde que empezó a girar es la codicia y con ella una compañera inseparable: la injusticia. La música tampoco es ajena a esta letal simbiosis. Lo más relevante de los dos últimos siglos a este respecto es fruto de uno de los capítulos más vergonzosos del libro de la humanidad: la esclavitud.

La música actual sería impensable sin un género surgido a mediados del siglo XIX en los campos de algodón del sur de Estados Unidos. La tristeza del esclavo negro es azul y se llama blues. Nada puede haber más triste que te cacen a lazo como a una bestia para llevarte a trabajar a punta de látigo al otro lado del océano. Sin esclavos no habría blues y sin su proceso de emancipación, tampoco. Sin lo primero, nunca hubiera surgido semejante forma de lamento colectivo y, sin lo segundo, nunca hubieran pasado de meras canciones de trabajo. Gracias al blues existen el jazz, el rock, el pop, el soul, el funk, el hip-hop… todo, salvo el flamenco, el tango y la jota. Las etiquetas cambian pero el patrón es el mismo, la misma escala pentatónica que se usó en el delta del Mississippi para sobrevivir al infierno.


Robert Johnson, en una de sus pocas fotografías.

La tradición musical que venía de África fue lo único que los blancos no pudieron robar a los negros (se la robaron después cuando comprendieron lo rentable que podía llegar a ser). Los blancos les quitaron la libertad, les quitaron sus creencias, su lengua… Pero no pudieron con su música, que se convirtió en su principal seña de identidad, en la única medicina capaz de curar tantas heridas, en la única luz capaz de brillar entre tanta oscuridad. Como decía Machado, se canta lo que se pierde. Y, como dice BB King, sentir el blues es ser dos veces negro.

Por si acaso, el blues fue tachado de satánico, disoluto, lascivo… Escuchando a Robert Johnson ¡en los años 30! cantar lo siguiente parece cierto: “Puedes exprimirme el limón hasta que el zumo me chorree por la pierna”. Led Zeppellin lo replicó 40 años después cuando el escándalo ya vendía. La verdad es que el blues tiene dos caras: con una baila a Cristo y con otra al diablo. Los espirituales no son otra cosa que blues cantados en la iglesia los domingos por la mañana. La mítica Beale Street de Memphis era una calle en la que los locales ofrecían música las 24 horas del día. “Si pudieras ser un negro durante sólo una noche de sábado en Beale Street nunca más querrías volver a ser blanco”. Palabra de Rufus Thomas.





Muchos bluesmen empezaron, fueron o acabaron siendo predicadores. Blind Willie Johnson vivía de tocar en la calle y cuando le llegó la ‘fama’ siguió haciendo lo mismo porque no le interesaba el negocio. Sólo Dios y las cuestiones espirituales. Skip James, después de cantar que prefería “ser el diablo a ser el hombre de esa mujer”, se hizo ministro baptista y dejó el blues durante 33 años. Grabó 26 canciones en los años 30 tras ganar un concurso en una tienda de discos. Cobró 40 dólares y nunca llegó a escucharlas. Reapareció en el reputado festival de Newport en 1964. Lo sacaron del hospital aquejado de cáncer. Pudo operarse gracias al éxito de la versión de Cream de su canción ‘So Glad’ y vivió tres años más. Son House grabó ¡en 1930! ‘My Black Mama’ en la que se declaraba ateo, mujeriego y bebedor de whisky. También desapareció de la música en 1942 durante más de una década y se hizo predicador, como su padre “Charlie Patton, Robert Johnson, Willy Brown y Blind Lemmon Jefferson habían ido muriendo. ‘Oh, Dios mío, ahora me toca a mí’, y dejé de cantar 16 años”, explica él mismo en un documento excepcional recogido por Martin Scorsese en ‘Feel Like Go Home’. Son House, el mismo que cantaba que había descubierto que la quería “cuando la bajaban al hoyo”.







Predicadores y ciegos. Ese es otro de los denominadores comunes de algunos de los primeros bluesmen. El citado Blind Willie Johnson perdió la vista a los 7 años porque su madrastra le arrojó lejía a la cara en represalia a una paliza que le dio su padre. Blind Boy Fuller también se quedó ciego por culpa de la lejía. Su mujer se la cambió por el agua con la que se lavaba. Blind Lemon Jeferson, el padre del blues de Texas, nació ciego y conoció la fama en vida durante los años 20. Uno de sus grandes éxitos fue ‘See that my grave is kept clean’ (mira que mi tumba se mantenga limpia). Dos años después, en 1929, moría en Chicago a los 36 años, tras extraviarse en una tormenta de nieve. La discográfica Paramount trasladó su cadáver a Worttham, Texas, donde fue enterrado. Pero su tumba se mantuvo anónima hasta 1967. En 2007, el cementerio recibió el nombre de Blind Lemon Memorial Cementery y un comité especial se encarga de mantener limpia su tumba.





Hasta mitad de la primera década del siglo XX no se registran las primeras grabaciones de blues. La tradición se transmitía de forma oral. Sólo unos pocos lograron dejar constancia de un arte compartido por muchos más intérpretes que quedarán para siempre en el anonimato. Unos pocos afortunados que nunca fueron conscientes de que su aportación cambiaría el curso de la historia. Aunque bien mirado, la suerte no fue para ellos, fue para nosotros. Puede que el negocio no hubiera sido necesario para hacer de la música negra algo eterno, pero sí para convertirla en algo universal.

La primera emisora de música negra de los Estados Unidos surgió porque estaba a punto de quebrar. La WDIA de Memphis comenzó a ofrecer algo diferente al resto como último recurso. Se encontró con que emitiendo la música que se hacía en Beale Street tenía una audiencia de 1,5 millones de negros. Discriminada, sí, pero, audiencia al fin y al cabo. Los grupos blancos tocaban música negra para echar al público al final de las actuaciones pero empezaron a descubrir que, en lugar de irse, el público se quedaba. Sam Phillips, que se bregó con los bluesmen de Memphis antes de descubrir a Elvis, puso a los blancos a cantar música negra para que los pincharan en las emisoras blancas. Lo llamaron rock’n’roll. Y triunfó. Vaya si triunfó. “No había un negro más pobre que Elvis”, llegó a decir Phillips. Resulta que un blanco y un negro igual de pobres compartían muchas más cosas que dos blancos de diferente clase social. Quizá Marx tuviera razón.

La primera vez que BB King tuvo un público mayoritariamente blanco fue en 1968. El mismo año en que mataron a Martín Luther King, por cierto, también en Memphis. Al ver tanta cola de blancos, King insinuó a su manager que se había equivocado de dirección. El rey del blues cuenta que hizo la presentación más emotiva de su larga carrera. Todo el público se puso de pie y le ovacionó sin que Lucille hubiese emitido una sola nota. Reconoce que sólo pudo llorar.

Mayor generosidad es imposible. Les arrebatamos la historia y, a cambio, ellos nos dieron su alma. El blues es una de esas cosas que, según Frank Zappa, EEUU podrá alegar como atenuante en el juicio final de la historia. Mientras llega ese momento, reclamo lo mismo que Jorge ‘Ilegal’: “Deja de joder la música a los negros”.


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