Decía Marx que la lucha de clases es el motor de la historia. Pero si hay algo que ha movido el mundo desde que empezó a girar es la codicia y con ella una compañera inseparable: la injusticia. La música tampoco es ajena a esta letal simbiosis. Lo más relevante de los dos últimos siglos a este respecto es fruto de uno de los capítulos más vergonzosos del libro de la humanidad: la esclavitud.
La música actual sería impensable sin un género surgido a mediados del siglo XIX en los campos de algodón del sur de Estados Unidos. La tristeza del esclavo negro es azul y se llama blues. Nada puede haber más triste que te cacen a lazo como a una bestia para llevarte a trabajar a punta de látigo al otro lado del océano. Sin esclavos no habría blues y sin su proceso de emancipación, tampoco. Sin lo primero, nunca hubiera surgido semejante forma de lamento colectivo y, sin lo segundo, nunca hubieran pasado de meras canciones de trabajo. Gracias al blues existen el jazz, el rock, el pop, el soul, el funk, el hip-hop… todo, salvo el flamenco, el tango y la jota. Las etiquetas cambian pero el patrón es el mismo, la misma escala pentatónica que se usó en el delta del Mississippi para sobrevivir al infierno.
| Robert Johnson, en una de sus pocas fotografías. |
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