domingo, 15 de junio de 2014

Qué grande es la censura...

La realidad es un abono tan fértil que permite que salgan flores hasta de algo tan repugnante como la censura. Sin ella, por ejemplo, Berlanga no habría hecho sus mejores películas. En el ámbito de la música, el caso más claro es el de la canción ‘Tutti Frutti’ de Little Richard.



Little Richard, con su banda, a mediados de los años 50.

Sin la censura, posiblemente, nos hubiéramos quedado sin la onomatopeya más célebre de la historia del rock y sin una de sus señas de identidad seminales, el famoso ‘womp bomp a loom op a womp bam boom’, traducido al español por ‘a uan ba buluba balam bambú’, del que tomó su nombre un programa musical de los años 80 emitido en TVE y presentado por Carlos Tena. Esta expresión se convirtió prácticamente en el grito de guerra del naciente rock and roll en los años 50. Una de las primeras versiones fue la de Elvis Presley, que en 1956, sólo un año después de que se grabara el original, la incluyó en su primer disco con la RCA y siguió su línea de adaptar para los blancos canciones de artistas negros. En cualquiera de los casos, la versión original fue el primer gran éxito de su autor, Little Richard, y su génesis, fruto de la casualidad, se asemeja mucho a la grabación que lanzó a Elvis al estrellato con su interpretación de ‘That´s All Right’ del bluesman Arthur Crudup.






Little Richard era el tercero de 12 hermanos de una familia negra de Georgia. Su padre, un destilador ilegal de whisky que moriría asesinado, le echó de casa a los 13 años tras descubrir sus primeros escarceos homosexuales. El joven Richard, que había mamado el góspel y aprendido a tocar el piano en las iglesias pentecostales, comenzó a actuar en tugurios de blues y a buscarse el sustento como músico ambulante. Tras ganar un concurso en 1951, realiza sus primeras grabaciones sin ningún éxito. En 1955 trabaja como friegaplatos en la estación de autobuses de Macon y envía una maqueta a Specialty Records, que seis meses después le ofrece una sesión de grabación en Nueva Orleans. La discográfica pone como condición que Richard no utilice su banda habitual y contratan al grupo que acompañaba a Fats Domino en aquellos años.


Las primeras pruebas no convencen al productor, Robert ‘Bumps’ Blackwell, y están a punto de desistir cuando Richard improvisa durante un descanso un tema propio que tocaba en sus actuaciones en directo por los clubes de rhythm and blues. La canción era buena pero la letra era inaceptable. El título podía pasar. Había que ser un iniciado para saber que en el argot homosexual ‘tutti frutti’ significaba gay. Pero lo siguiente era imposible de registrar a mediados de los 50: "Tutti Frutti, good, booty / If it don't fit, don't force it / You can grease it, make it easy" ("Tutti Frutti, buen culito / Si no entra, no lo fuerces / puedes engrasarlo, para facilitarlo"). Eso sí que es adelantarse a su tiempo.


El productor contactó con la letrista local Dorothy LaBostre, que se personó en los estudios y reescribió en 15 minutos la canción en la ‘decente’ versión que ha pasado a la historia. Chico conoce chica…, lo de siempre. LaBostre, que figura en los créditos como coautora junto a Little Richard (Penninman, en su apellido real), aseguró posteriormente que el pianista afroamericano no había aportado ni una coma en el tema definitivo. Otras versiones sostienen que la primera versión de Richard ya incluía el famoso ‘womp bomp a loom op a womp bam boom’ como una parodia onomatopéyica de una introducción con el sonido de una batería.


Fuera como fuere, ‘Tutti Frutti’ lanzó a Little Richard al estrellato, a lo que ayudaron las versiones que hicieron artistas blancos como el referido Elvis o el empalagoso Pat Boone. Pero sólo la canción original de Richard contiene ese estilo salvaje e incontenible que siempre caracterizó a su autor y del que es claro ejemplo el resto de su obra y su propia vida. Empezando por lo primero, suyos son otros clásicos incontestables como ‘Long Tall Sally’ o ‘Good Golly, Miss Molly’.








Respecto a su vida, baste decir que en 1957, cuando se encontraba en la cresta de la ola, Little Richard se retiró del mundo de la música tras sufrir un conato de accidente aéreo durante una gira por Australia. Ingresó en una universidad cristiana de Alabama para estudiar Teología y se hizo ministro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. En 1962 vuelve a reaparecer en una exitosa gira por el Reino Unido y dos años después graba nuevas versiones de sus éxitos. Los excesos con el sexo y las drogas le llevan a que en los años 70 fuera expulsado de la iglesia pentecostal, a la que vuelve tras una cura de desintoxicación para dedicarse a vender biblias a domicilio. A finales de los 80 volvería a recuperar su dedicación plena a la música, tras renegar de su homosexualidad y de las drogas. Una dedicación que ha ido aminorando, entre otros poderosos motivos, porque actualmente tiene 82 años, 82 años vividos en una montaña rusa permanente. No es extraño que Deep Purple le dedicara su mítico ‘Speed King’ en 1970. Al rey de la velocidad se le quedó el mundo pequeño.



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